El miedo a subir precios

El miedo a subir precios (y la historia que te cuentas cada vez)
Twiggylista, este tema casi nunca se habla en voz alta. Se piensa. Se siente. Se guarda. Aparece mientras trabajas, mientras lavas el cabello, mientras haces cuentas mentales que nunca terminan de cuadrar. Porque cuando pensamos en subir precios, no pensamos en números. Pensamos en personas. En caras. En silencios incómodos. En el “déjalo así”. En el “luego te aviso”.
Y ahí, sin darnos cuenta, empieza una película completa en la cabeza.
Hay una escena muy común en los salones. Trabajas más que antes. Tu agenda se llena. Terminas el día cansado, no solo físicamente, también emocionalmente. Das más atención, más escucha, más criterio, más presencia. Y aun así, cuando volteas a ver tus precios, siguen siendo los mismos de hace meses… o años.
Y algo no cuadra.
No es ambición.
No es querer “ganar más”.
Es sentir que lo que das ya no está alineado con lo que recibes.
Eso se llama desajuste interno. Y cuando no se atiende, se convierte en frustración.
y lo que pas es la historia que te cuentas (aunque nunca la digas en voz alta)
La historia suele sonar más o menos así:
“Todavía no es momento.”
“Me espero tantito más.”
“Capaz que no lo entienden.”
“¿Y si se van con alguien más barato?”
“¿Y si piensan que ya me creí mucho?”

Y aquí quiero hacer una pausa importante, porque este miedo tiene dos extremos, y ambos son igual de desgastantes.
El extremo uno: regalarte por miedo
Muchos profesionales, por miedo a incomodar, terminan ajustándose demasiado. Regalan tiempo. Regalan energía. Regalan atención. Bajan precios. Hacen excepciones. Y lo hacen con buena intención, pero con poca claridad.
El problema es que eso no te hace sentir mejor. Te hace sentir cansado. Invisible. Poco valorado. No porque el cliente sea malo, sino porque tú mismo dejaste de sostener tu valor.
El extremo dos: vivir como Don Cangrejo (pero sin su caja fuerte)
Sí,un ejemplo que todos entendemos perfecto. Don Cangrejo vive obsesionado con el dinero. Quiere ganar siempre, gastar lo menos posible y sacarle provecho a todo. Cobra hasta por respirar. ¿El resultado? Vive estresado, desconfiado y nunca disfruta lo que ya tiene.

Ahora ojo con esto, twiggylista: subir precios NO es volverte Don Cangrejo. No se trata de exprimir, de abusar ni de “ganarle” a nadie. Se trata de no vivir en el otro extremo, donde te regalas y aun así vives con angustia.
Ni tacaño.
Ni regalado.
Congruente.
Subir precios no es castigar al cliente
Este es uno de los grandes malentendidos. Subir precios no es un castigo. No es traición. No es falta de empatía. Es una decisión de sostenibilidad. El problema es que queremos subir el número sin haber hecho el trabajo interno primero.
Y eso se siente.
Porque el precio no es solo una cifra. Es un reflejo directo de cómo te percibes, de cuánto confías en tu proceso y de qué tan claro tienes el valor que entregas.
El verdadero miedo no es perder clientes
Vamos a decirlo con calmita: el miedo real no es que se vayan los clientes. El miedo real es perder validación. Es que alguien diga “no” y eso confirme una inseguridad que ya estaba ahí.
Porque perder clientes duele, sí.
Pero perder la sensación de ser necesario duele más.
Y aquí viene algo importante: no todos los clientes están destinados a crecer contigo. Algunos fueron parte del inicio. Otros del proceso. Y otros llegarán cuando estés listo para sostenerlos. Subir precios no cierra puertas. Ordena etapas.
hay algo que casi nadie quiere escuchar, que prefieren hacerse de la vista gordaaa
Aquí está el punto donde todo se acomoda, aunque incomode un poco:
no subas precios para sentirte valioso; siéntete valioso para poder subir precios.
Cuando subes precios desde el miedo, tu cuerpo lo delata.
Cuando subes precios desde la claridad, se siente firmeza.
Cobrar no es un acto técnico.
Es un acto emocional.
Cuando el valor sí está claro (y no se negocia)
Aquí entra otro ejemplo poderoso. Piensa en Gordon Ramsay.

Ramsay no cobra lo que cobra solo porque cocina bien. Cobra por años de disciplina, errores, estándares altísimos y una claridad brutal sobre su valor. Nadie entra a su restaurante esperando pagar poco. No porque sea arrogante, sino porque es congruente.
Y ojo: no se trata de gritar, ni de humillar, ni de ser duro. Se trata de tener claridad interna. Ramsay no negocia su estándar porque sabe lo que sostiene detrás. Eso mismo pasa contigo cuando entiendes tu proceso y lo respetas.
El desgaste silencioso de no cobrar acorde a tu trabajo
Este punto es clave y casi nadie lo dice. Cuando no cobras acorde a lo que das, empieza un desgaste silencioso. Te cansas más. Te frustras más. Te vuelves menos paciente. No porque seas mal profesional, sino porque eres humano.
Cobrar mejor también es cuidarte.
Cuidar tu energía.
Cuidar tu pasión.
Cuidar tu carrera a largo plazo.
El precio también se paga con twiggycoin
En Twiggylismo entendemos que todo ajuste importante se paga primero por dentro. Cada conversación incómoda, cada miedo que enfrentas, cada decisión que pospones, se paga con twiggycoin. No es solo dinero. Es energía, enfoque, atención y claridad.
Twiggycoin es la moneda universal de Twiggylismo.
Lo que pasa después (y casi nadie te cuenta)
Cuando subes precios pasan casi siempre las mismas tres cosas: algunos se van, otros se quedan y unos nuevos llegan. Y los que se quedan suelen valorar más tu trabajo. No porque el precio los obligue, sino porque tú cambiaste la forma de sostenerlo.
Y eso se nota.

Si hoy estás pensando en subir precios, no lo anuncies todavía. No lo hagas desde la prisa ni desde el miedo. Primero escúchate. Pregúntate desde dónde lo quieres hacer: desde la inseguridad o desde la congruencia.
No se trata de cobrar más.
Se trata de sentirte en paz con lo que cobras.
Twiggylista, cobrar mejor no te hace menos humano.
Te hace más sostenible.
Y cuando tú estás bien, tu trabajo también lo está.

Sigue Aprendiendo... aqui hay más
.jpg)
De Aprendiz a Maestro: Los errores que me enseñaron a brillar como estilista
Todos cometemos errores, pero en el mundo del estilismo algunos dejan marca (literal). Aquí te cuento mis metidas de pata, lo que aprendí y cómo salí bien librado con estilo.

