El día que entendí que no estaba cobrando por cabello, sino por seguridad 🪞

Durante años pensé que mi trabajo era cortar, teñir, peinar y cobrar. Así, directo, sin mucha filosofía detrás. Hasta que un día entendí que lo que realmente estaba entregando no se podía barrer del piso al final del trabajo, ni guardar en un cajón junto con las tijeras. Y ese día, twiggylista, algo cambió dentro de mí… así como algo cambió dentro de Lotso. Ese punto incómodo donde ya no hay vuelta atrás y entiendes que después de eso ya no ves tu trabajo igual.

Hubo una etapa de mi carrera —seguramente te va a sonar muy familiar— en la que yo creía que todo dependía de hacerlo “perfecto”. El corte impecable, el color sin una sola mancha, la técnica exacta, el acabado pulido como comercial de shampoo con cámara lenta. Y ojo, eso importa, claro que importa, muchísimo. Pero no era todo. Yo estaba enfocado en el cabello, mientras la persona sentada frente a mí estaba cargando cosas que no se arreglan con una navaja bien afilada, ni con un buen corte, ni con un grand color...

El momento que me abrió los ojos (y no fue nada glamouuuuurosouuuu)

Era un día normal de salón. Nada épico. Nada de iluminación celestial ni música inspiradora. Un viernes cualquiera, de esos que huelen a café recalentado y a secadora prendida desde temprano.

Se sienta una clienta, me explica lo que quiere, asiento con seguridad profesional y empiezo a trabajar. Todo parecía ir bien, pero en el espejo algo no cuadraba...

No era el cabello. Era ella.

Estaba tensa, callada, como si su cuerpo estuviera ahí pero su cabeza en otro lugar, como si Vecna ya se la hubiera llevado y yo pensando internamente: “¿Max? ¿Necesitamos música ochentera urgente?”.

a group of people are posing for a picture in front of a grave of casey cole

Yo seguí con mi chamba, concentrado en el ángulo, en la sección, en no regarla, en hacer lo que se supone que sé hacer. Al final giro la silla, le muestro el resultado y ella se queda viendo su reflejo. No sonríe de inmediato. Respira profundo. Y entonces se le llenan los ojos de lágrimas...

Mi primer pensamiento fue:

“ya la regué”

el segundo:

“seguro va a pedir que lo cambie todo”.

Pero no. Me mira y me dice:

“Gracias… necesitaba verme así para acordarme de quién soy”.

En ese momento un Silencio TOTAL... Yo sin saber qué decir ni dónde meter las manos.

Y ahí, twiggylista, entendí algo que no venía en ningún manual.

Yo no había cobrado por el cabello… había cobrado por cómo se sentía al verse

Ese día no entregué solo un servicio. Entregué un recordatorio. De seguridad, de identidad, de presencia. Algo que no estaba en el menú de servicios ni en la lista de precios. No venía incluido en ningún curso. Pero estaba pasando frente a mí todos los días y yo no lo había querido ver.

Aquí es donde muchos se confunden, y no pasa nada, a todos nos pasó. Muchos estilistas creen que el valor está únicamente en la técnica, que entre mejor cortes más vales, que entre más servicios des —cortes, color, peinados, manicure, uñas, pestañas y todo lo que se pueda ofrecer— más justificas tu precio. Y sí, eso suma. Pero no es lo que más pesa. Lo que realmente impacta es cómo haces sentir a la persona mientras está contigo y después de salir del salón;

Porque el cabello crece, el color se va, el peinado se desarma… pero la sensación se queda.

El espejo no miente, pero tampoco habla solo de estética. Cuando alguien se sienta frente a ti no solo se está viendo el fleco, se está viendo la vida. Se está viendo después de una ruptura, antes de una entrevista, en medio de una crisis o simplemente cansado de no reconocerse. Y tú estás ahí, con tijeras, brochas, palabras, silencios y presencia. Aunque no lo digamos en voz alta, muchas veces somos parte de procesos emocionales muy profundos.

a cartoon of dr lilo talking to stitch

Y aquí viene el “ajá”. El día que entendí esto también entendí por qué había clientes que pagaban sin cuestionar, otros regresaban aunque no fuera el precio más barato y algunos recomendaban con una lealtad que no se explica solo con técnica. No estaban pagando por cabello. Estaban pagando por confianza, por calma, por sentirse vistos. Y eso no se improvisa.

Cuando entiendes esto, tu forma de trabajar cambia. Empiezas a escuchar distinto, a preguntar mejor, a observar más. Tu técnica se vuelve un medio, no el fin. Dejas de trabajar con prisa emocional, dejas de competir desde la comparación y empiezas a construir desde la congruencia. Y curiosamente tu valor sube, no porque lo anuncies, sino porque se siente.

Y ahora sí, con calma twiggylista. Si hoy sientes que trabajas mucho y cobras poco, tal vez no es solo un tema de precios. Tal vez es un tema de conciencia de valor. No subas precios todavía, primero entiende qué estás entregando realmente, porque cuando tú reconoces el impacto que tienes, los demás empiezan a notarlo también. No es magia ni suerte, es coherencia.

Twiggylista, no estás en la industria del cabello. Estás en la industria de la percepción personal, de los “me volví a gustar”, de los “me siento distinto”, de los “ahora sí me reconozco”. Y cuando eso se te acomoda en la cabeza, todo lo demás empieza a alinearse: tus decisiones, tu seguridad, tu forma de cobrar y la manera en la que te paras frente al espejo antes de abrir el salón.

Respira, sigue aprendiendo y nunca subestimes lo que pasa cuando alguien se vuelve a reconocer en el espejo gracias a ti.

a close up of a man 's face with his mouth open

Vamos con todo este 2026, twiggylista.
#CarpediemYNotabene

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